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Acuerdo de Paris, elementos para una evaluación

Juan Behrend, 14.12.2015, Bruselas

Hace solo unas horas culminó la Conferencia sobre el Cambio Climático mantenida en Paris. La emocionante ceremonia de clausura, con la adopción por consenso del Acuerdo de Paris, en medio de abrazos, lagrimas, ovaciones y gritos de entusiasmo, que puso fin a meses y meses de negociaciones y dos semanas de trabajo en la ciudad de las luces, resultó conmovedor para todos, los que estaban allí y los que pudieron seguir las imágenes de este acontecimiento por la televisión. Todo indica que se trata de un acontecimiento que pasará a la historia. La euforia sin embargo no puede reemplazar el análisis minucioso de la resolución final de la COP21. Las preguntas que surgen son numerosas. ¿Estamos frente a un suceso o un fracaso? ¿Se trata de un acontecimiento de dimensiones epocales, de implicaciones trascendentales, como dicen los más optimistas?  ¿Una declaración más, de las tantas, que caracterizan la vida de las Naciones Unidas y la serie de documentos que acompañan su existencia, como afirman los pesimistas?  ¿O de una promesa que abre una nueva posibilidad la lucha colectiva para evitar que el clima sea deteriorado de un modo irreversible?

Para alguien como el que esto escribe, es evidente que no se trata de un acontecimiento banal. No hay duda de que el momento en que el martillo verde de Laurent Fabius cayó, decretando la adopción del texto final de la reunión de Paris, este 12 de diciembre, en la enorme sala de Le Bourget, plena de delegaciones nacionales de todos los países del planeta (194 más la Unión Europea) y de observadores provenientes de todas las latitudes del globo, marcó un momento histórico. Es más, debo reconocer que no pude evitar que delante de mis ojos pasara una película cargada de emociones. De pronto aparecieron delante de mis ojos las imágenes de la Cumbre de Rio de 1992, la Conferencia de África del Sur, de Buenos Aires, de Nairobi, y tantas otras que le sucedieron, a algunas de las cuales asistí y tuve la oportunidad de participar.  Entre ellas, la que me quedó más grabada,  sin duda,  fue la Conferencia de Copenhague, quizás la experiencia más amarga de todas, con la  sensación de fracaso y desilusión que dejó en la gran mayoría de los que estábamos allí y los que la seguían desde distintos puntos del globo. Y sobre todo pasaron por mi mente las caras y los nombres de tantos militantes y activistas que, con su protesta, sus marchas, sus proclamas, sus esfuerzos por convencer gente, juntar fondos, convencer electores, presionar ministros y gobiernos, dedicar partes importantes de su vida para que las cosas cambien, contribuyeron a que lo que hoy sucedió fuese posible.

Al mismo tiempo es cierto que el resultado de Paris presenta muchos puntos negativos. Los informes nacionales sobre las acciones a las que se comprometen los países que los presentaron, de ser ejecutados, cosa que nadie puede asegurar, en sus términos actuales conducen derecho a un aumento de la temperatura de 3 grados, algunos científicos incluso hablan de 3,7 grados para fin de siglo. Por otro lado, no hay que engañarse, el Acuerdo no tiene nada de legalmente vinculante, no consta de controles reales y no prevé posibilidades de punir el país que no cumpla con las promesas. Cada país decide si cumple o no con las intenciones declaradas. Por lo demás, aun cuando el Acuerdo haya entrado en vigor, (es decir que haya sido ratificado por 55 estados miembros que representan 55% de las emisiones globales de CO2 o más y ratificado por las Naciones Unidas el 22 de Abril de 2016), todo estado miembro puede optar por retirarse del mismo, sin que ello esté ligado a ningún tipo de sanciones. La única dificultad que enfrenta el país en cuestión, es que, para abandonar el club, debe esperar tres años. A estos aspectos negativos sin duda debe agregarse el hecho que el Acuerdo no incluya ningún esquema claro de penalización por medio de impuestos de las emisiones de CO2. Tampoco toca el tema de los subsidios de más de 500 mil millones de dólares anuales de los que beneficia la industria que produce energía fósil.  Sus prioridades en términos de justicia ecológica también dejan mucho que desear. En resumidas cuentas, la declaración adoptada con tanta pompa, no pasa de ser eso, una declaración de buena voluntad. Un catálogo de buenas intenciones, cuya transformación en políticas y en acciones depende por completo de la buena voluntad de los países que adhirieron.

Y sin embargo, luego de haber seguido de cerca las negociaciones estos últimos dos años, no puedo dejar de reconocer que luego de Varsovia, pasando por Lima y Bonn, el resultado de Paris me parece muy alentador. Ello debido a una serie de aspectos positivos. Aquí algunos:

A) La consagración del objetivo fijado por el Acuerdo de Paris de limitar el aumento de la temperatura a un nivel “largamente inferior a los 2 grados” y convocar al mismo tiempo a los países signatarios a limitar el aumento a 1,5 grados Celsius, supera las expectativas de la mayoría de los participantes apenas unas semanas atrás.  

B) El Acuerdo reconoce de manera explícita que el cambio climático es producido por el hombre, dando de este modo un espaldarazo colectivo de los gobiernos del planeta a los trabajos del GIEC y sus científicos;

C) A diferencia del Acuerdo de Kyoto, la resolución de Paris involucra a la totalidad de los países del planeta. Ello no solo debido a que fue aceptado por unanimidad de los 194 países presentes en Bourget, sino también porque entretanto 188 países presentaron sus planes de recorte de emisiones CO2;

D) El hecho que haya un reconocimiento explícito de la diferenciación, o, en otros términos, la diferencia de responsabilidades entre los países industrializados y los países en vías de desarrollo y emergentes (y con ello un reconocimiento indirecto de la deuda ecológica de los países industrializados con relación a los países subdesarrollados);

E) La confirmación de la promesa de movilizar por lo menos 100 mil millones de dólares anuales a partir de 2020 para hacer frente a los efectos negativos del cambio climático en los países más pobres del globo y a adaptar sus economías a las exigencias de un desarrollo sustentable.  (Una suma sin duda insuficiente y solo garantizado hasta 2025, pero un gesto que puede ayudar a movilizar más fondos como lo muestra la creación de fondos para transferencia de tecnología y otros adoptados durante estas últimas semanas);

F) La decisión de proceder a una revisión quinquenal y regular de los esfuerzos para reducir las emisiones de CO2(aunque las revisiones comiencen demasiado tarde para hacer frente a las exigencias que supone respectar los objetivos fijados en el Acuerdo);

G) El suceso de la ONU como instancia internacional de negociación colectiva, con el consenso como premisa,  sin duda confiere a esta organización nuevas fuerzas y un mayor reconocimiento, esto en un momento en que los problemas son de una gravedad especial y  la UNO aparece particularmente frágil;

H) La influencia positiva que el Acuerdo puede llegar a tener tanto sobre los actores públicos como privados y sus políticas de inversiones, (estimulando iniciativas como la campaña de “Disinvestment”, la apertura de líneas de garantías de créditos para proyectos ecologistas y  como aliciente para que empresas, institutos financieros  y  entidades locales inviertan en tecnologías y segmentos verdes de la economía);

I) el mensaje alentador que envía a la sociedad civil, con sus ONG’s, sus ciudadanos activos, sus militantes comprometidos, sus organizaciones de todo tipo, ratificando y reafirmando la importancia de sus luchas y combates a favor de la defensa del planeta y para detener el cambio climático, (incluidas iniciativas heterodoxas como los juicios contra empresas, autoridades públicas e instancias gubernamentales por su irresponsabilidad culpable en el manejo del ambiente,  cada vez más populares en Holanda, Dinamarca, Suecia y otros países);

El proceso que culminó en la adopción del Acuerdo de Paris, se destaca, además, por la adopción de una metodología opuesta a la seguida en Copenhague: en vez de seguir un mecanismo de decisiones “up-down”, la diplomacia onusiana esta vez siguió un camino claramente  más “bottom- up”. El procedimiento consistente en involucrar desde el inicio a todos los países del planeta exigiendo de ellos un informe acerca de los esfuerzos y los objetivos que estaban dispuestos a asumir para reducir las emisiones de CO2 hizo que los gobiernos de todos los países, se sintieran directamente partícipes del proceso. A ello se agregó una intensa política de consultaciones con ONG’s, municipios, empresarios, y muchos otros “stackeholders” o partes. Ello permitió a los participantes de incidir con adiciones y recomendaciones en la formulación del texto y al mismo tiempo ser testigos directos de la suerte que sus contribuciones tuvieron, sobre todo en la fase final del texto, cuando gradualmente fueron eliminados los paréntesis con los temas aun no resueltos y adoptadas las formulaciones finales.

Es cierto, un día después de la firma del Acuerdo nada ha cambiado en la realidad. La producción de CO2 no ha disminuido ni un gramo, los glaciares continúan derritiéndose como siempre, las inundaciones y las sequías continúan golpeando los países, los tornados y huracanes no dejan de desbastar los territorios embestidos, el nivel de los océanos seguirá aumentando, los corales continúan desapareciendo y las capas sociales más vulnerables y pobres de mundo siguen más indefensas que nunca. Los bosques tropicales y originarios siguen siendo destruidos al mismo ritmo y el riesgo de un aumento cada vez mayor de los refugiados ambientales sigue más vigente que nunca.  Y sin embargo nada es igual. Ya no son solo los científicos y los activistas de distinto origen los que exigen que se ponga un freno al cambio climático y de que se adopten medidas para salvar el planeta. Ahora es la comunidad internacional, la comunidad de todos los Estados del globo, que, reunidos en Paris, declara formalmente su intención de actuar, comprometiéndose a reducir drásticamente las emisiones de gases invernaderos. Cómo dice Greenpeace, en Paris quedó claro que las fuentes energéticas fósiles, están del lado equivocado de la historia. Las energías renovables jamás habían recibido un espaldarazo tan espectacular de parte de la comunidad internacional. Asombrosamente países con las reservas de petróleo más importantes de la tierra, tales como Arabia Saudita, los estados del Golfo, Rusia y Venezuela, terminaron dando su consentimiento al Acuerdo.

Ahora habrá que ser más vigilantes que nunca. Es evidente de que el riesgo de que el Acuerdo sea desvirtuado no pueden ser dejado de lado. El peligro de que la industria nuclear intente aprovechar la ventana de oportunidad que le ofrece la necesidad de reducir drásticamente las emisiones de CO2 no puede ser ignorado. Lo mismo vale para la tecnología de captura y almacenamiento de CO2 que supuestamente debería permitir continuar la explotación de carbón de manera limpia, una tecnología fantomática cuya validez está lejos de ser demostrada, pero que sigue siendo muy popular en los círculos ligados a la producción de carbón. El movimiento ecologista y la sociedad civil deberán mantener los ojos bien abiertos a fin de que las cláusulas del Acuerdo no sean usadas para dar luz verde a tecnologías que, si bien pueden contribuir a reducir las emisiones de CO2, tienen “efectos colaterales” tanto o más dañinos que las tecnologías que aspiramos a superar.

De ahora en adelante, todo va a depender de la presión de la sociedad civil, de los ciudadanos, de los activistas, de la presión de la calle, de las iniciativas de las municipalidades locales, de los electos, de los empresarios más dinámicos, de las ONG’s.

Detener el cambio climático ha sido reconocido oficialmente como un vector crucial del humanismo del siglo XXI. Hacer que sus objetivos se conviertan en una realidad irreversible, es la tarea que habrá que enfrentar.


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